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Las personas con un espejo en la mirada (05/09/2015) 

Te despiertas, abres los ojos y ves como se filtran los rayos de sol entre las rendijas de la persiana, al desarroparte notas la calidez del ambiente, ya va dejando de hacer frio…

Estas sensaciones te llenan de positividad y te levantas llena de energía. Desayunas mientras pones en el móvil una canción que hacía mucho no escuchabas. Esta canción habla de sonreír, de ver el mundo en colores, de viajar hacia la costa. Al poco, te descubres tarareando la melodía y moviendo los hombros al compás, sonríes. Sin duda, va a ser un día estupendo.

Después de una ducha renovadora, decides ponerte unos pantalones más atrevidos, unos tacones más altos y unos labios más rojos. Hoy, tienes ganas de pisar fuerte en el mundo, hay que celebrar la vida.

Si alguien te preguntase: ¿de cero a diez, cuanto merece la pena vivir la vida?. Tú lo tendrías claro, un diez. La vida merece cada segundo, porque es maravillosa.

Sales a la calle como la Dalai Lama de tu ciudad, paz, amor y energía para todos. Tu sonrisa ocupa más de media cara y estás dispuesta a ofrecérsela a cada ser vivo, persona, planta o animal, con que te cruces de camino al trabajo. ¿Qué más se puede pedir?

Llegas al trabajo. Antonio, el simpático vigilante de seguridad que siempre está en la puerta, y que siempre te saluda de manera efusiva, hoy te mira fríamente, de manera superficial, a penas balbucea un "hola" automático. Esto te desconcierta, subes las escaleras pensando en que le habrá pasado.

 Llegas a tu mesa. Alicia, tu estupenda compañera de al lado, no está, que raro. Levantas la vista, y ves a través de la ventana acristalada de tu jefe, que Alicia está hablando con él. Ella está gesticulando y señalando hacia ti. Tu jefe parece muy enfadado. Al percatarse de que estás mirando cierran la cortina para que no puedas verles.

Comienzas a preocuparte. Esa energía positiva que traías, merma un poco, dejando paso a cierto nerviosismo. Para tranquilizarte, piensas que cuando Alicia vuelva te explicará lo que está pasando, que será cualquier tontería.

Alicia vuelve a su mesa y tú le preguntas, pero ella evitando la mirada, te dice que no pasa nada, que son cosas suyas. Insistes, pero ella te corta. Después de tantos años compartiendo cosas, no entiendes que está pasando. Empiezas a generar cierta angustia, y a preguntarte qué has podido hacer mal. Te viene a la mente, como te ha saludado Antonio el vigilante al entrar. Te sientes un poco insegura.

Para tranquilizarte y desconectar, coges el móvil y ves que tu chico está conectado. Le envías un par de mensajes del tipo "hola cariño" "¿qué haces?", pero él no te contesta, aunque sigue conectado. Decides llamarle, pero no te coge el teléfono. Más angustia, si está viendo que le llamo, por qué no me lo coge, piensas.

Aparece Jesús, uno de los clientes más antiguos de tu empresa. Llega rápido hasta tu mesa y con cara de pocos amigos te pregunta por el certificado que te solicitó ayer. Tú, intentando ser amable y paciente, le explicas que como en otras ocasiones, esos certificados tardan 48 horas en llegar. Jesús se pone rojo de rabia y te dice: "Estoy harto de gente incompetente, como no tenga hoy aquí ese certificado, cambiaré de empresa". Y sin esperar respuesta, se da la vuelta y se va. Tú te sientes como si te hubiesen dado una bofetada, y empiezas a pensar, que es cierto que Jesús te dijo que le corría prisa, pero no imaginabas que tanta, y aunque no depende de ti acortar el plazo de 48 horas, no dejas de sentirte culpable por ello.

Hasta la hora del medio día, trabajas pero sin concentrarte, no paras de pensar. Alicia no levanta la vista de los papeles de su mesa. Por fin llega la hora de la comida, decides salir rápido hacia casa. Te cruzas con tu jefe, que te mira con mala cara. Al salir por la puerta, Antonio no te dice ni adiós.

Piensas en qué asco de día en el trabajo, ya no te acuerdas de esa energía al levantarte. Paras en tu panadería de siempre a comprar el pan. Marta, la panadera, es un encanto, siempre tiene alguna palabra agradable. Al entrar tú, el gesto le cambia por un segundo, intenta disimular, mostrar normalidad, pero te mira con la cara descompuesta.

 ¿Qué le he hecho yo al mundo? te repites. Continuas andando hacia tu casa dándole vueltas. No te das cuenta, pero dos hombre con los que te acabas de cruzar, se giran y dicen un par de groserías sobre tu físico. Lo que te faltaba, para qué me habré puesto los tacones y el pantalón ajustado, piensas.

Cuando por fin estas llegando a tu casa, ves que hay un señor con el uniforme de la compañía eléctrica en la puerta. Te mira de abajo a arriba, y sin dar los buenos días, te pregunta por si eres la titular. Respondes que sí. Te informa, con cierto carácter despectivo,  que existen unas irregularidades en tu contador, que estiman producidas por un intento de engañar a la compañía y pagar menos. Por lo tanto, van a proceder a cortarte la luz, hasta que se realice una investigación. Cuando empiezas a exigir un informe o algo que justifique tal afirmación, te responde: "podría enseñarte el informe técnico, pero las mujeres guapitas como tú no entendéis de estas cosas, si está tu marido o tu padre, lo hablo con él". Tú te sientes fatal, como una niña tonta, pero tiras de orgullo y le vuelves a pedir el informe. Nada más ojearlo por encima, te das cuenta, que el hombre se ha confundido de calle, la casa que busca es el mismo número pero de la calle paralela. Controlas tu ira para no insultarle y subes a tu casa sin mirar ni despedirte.

Entras en tu casa y sientes que el mundo es hostil, para qué te habrás levantado de la cama. Te sientas en el sillón y vuelves a sentir esa presión ansiosa en el pecho, que te es familiar de otras ocasiones. Si alguien te preguntase: ¿de cero a diez, cuanto merece la pena vivir la vida? Sin duda, tú lo tendrías claro, tu resultado estaría próximo a cero, porque la vida es una porquería.

Esta no es una historia bonita, sino una historia real, compuesta de muchas historias en las que cambian los actores, argumentos y escenarios, pero donde siempre encontramos la misma esencia.

He decido llamar Personas Espejo, a aquella que cuando miran a otra persona solo ven un reflejo distorsionado de sí mismos. Sólo ven sus propios fracasos, sus miserias, sus envidias, sus frustraciones o sus anhelos.  No siempre se trata de personas malas o mezquinas, de hecho probablemente habrá personas que sólo se conviertan en personas espejo contigo, tiene más que ver con qué se le conecte a esa persona al mirarte.

Para que una persona espejo pueda afectarnos, a nosotros también se nos tiene que conectar, lo que nos lanza, con asuntos pendientes de resolver en nuestro interior. Si nuestro equilibrio emocional depende de que el mundo que nos rodea esté bien con nosotros y nos trate con consideración, me temo que vamos a sufrir mucho.

Entonces ¿nuestro sufrimiento es culpa de las personas espejo? La respuesta es NO. Las personas espejo, y probablemente todos lo somos en algún momento de nuestras vidas, sólo están reflejando un sufrimiento interior, es decisión nuestra tomar ese daño como propio. Como decíamos, lo que nos lleva a aceptar ese sufrimiento, son los asuntos no resueltos que tenemos dentro, aparte de una cierta visión egocéntrica del mundo. Y lo digo, porque cuando nos afecta todo lo que los demás nos lanzan, no dejamos de creer que todo lo que les pasa a los demás es por nuestra culpa, y eso no deja de ser vernos como el centro del mundo.

En el caso de la protagonista de nuestra historia, que llamaremos Raquel, acabó el día fatal porque parecía que todas las personas de su mundo cercano estaban contra ella, pera la realidad era que:

- Al hijo de Antonio el vigilante de seguridad, le habían detectado una leucemia el día anterior, por eso Antonio no tenía ganas de hablar.

- Alicia, la compañera, estaba discutiendo con el jefe, porque había llegado la noticia de que estaban intentando ascender a nuestra protagonista a un puesto superior que había solicitado hace mucho tiempo, y el jefe directo, por envidia, había pasado unos malos informes para intentar parar el ascenso. Alicia discutía con él, defendiendo a nuestra protagonista.  Por otro lado, Alicia para celebrar el ascenso, se había puesto de acuerdo con el novio para organizar una fiesta sorpresa y así celebrarlo. Por eso el novio de Raquel no cogía el teléfono, y por eso Alicia no la quiso dirigir la palabra, para que no la descubriese.

- Evidentemente, el jefe la había mirado mal por envidia, porque Raquel iba a conseguir el puesto que él hubiese querido y encima ella era mucho más joven que él. Cada vez que la miraba, veía su propio fracaso.

- Jesús, el cliente enfadado, había sufrido una gran decepción unos días antes. Había descubierto, que el gestor de su empresa, que trabajaba para él desde hacía treinta años, se había retrasado en la solicitud de una ayuda europea que significaba la salvación de la empresa de Jesús, y por lo tanto no la tendrían, teniendo que despedir a gran parte de la plantilla. Cuando Jesús pide ese certificado y no lo tiene, en su mente se le conecta con el fallo de su contable y lo paga con Raquel.

- Marta, la panadera, siempre había querido estudiar empresariales como nuestra protagonista, pero por ser un poco perezosa y querer ganar dinero joven, nunca encontró el momento para hacerlo. Al ir el novio de Raquel a por el pan para la fiesta, este le contó a Marta, que a Raquel la iban a ascender, y esto le conecto a la panadera con sus propias frustraciones y desencantos. Al ver a nuestra protagonista y cambiar la cara, sólo reflejaba su desilusión.

- El inspector de la compañía eléctrica, que había hablado mal a Raquel, era un hombre que llevaba unos años amargado, desde que su mujer, que era muy guapa, le había dejado para irse con su profesor de Pilates. Al ver a Raquel, que también es muy guapa, le conecta con la traición de su ex mujer, y por eso la trata mal. 

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